La República soviética de Georgia se declara independiente de la URSS

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El 9 de abril de 1991, Georgia oficialmente se liberó de la “tutela maternal” de Moscú bajo la que había permanecido durante casi dos siglos.

El Soviet Supremo de la República, máximo órgano de gobierno en aquel entonces, aprobó el Acta de Declaración de la Independencia, en virtud de los resultados del plebiscito nacional en el que el 98% de los participantes se pronunciaron a favor de la soberanía de Georgia.

En general, a los georgianos les gustan los porcentajes altos y las cifras imponentes en los resultados de sus  votaciones. El primer presidente de la República, Zviad Gamsajurdia, obtuvo 87% de votos, el segundo, Eduard Shevardnadze – 82 % y el tercero, Mijaíl Saakashvili – 96,27%.

Esta es una de las particularidades de la democracia en Georgia. Otra es la unanimidad con la que a los mandatarios primero suben “al trono” y luego son derrocados, por lo menos eso ocurrió con los primeros.

El tercer presidente ha conseguido mantenerse en el poder a pesar de que fue reelegido con el respaldo de apenas el 53% de los 59% de los ciudadanos que tienen derecho a voto. La última campaña electoral en Georgia se caracterizó por las manifestaciones masivas de la oposición.

Es decir, el electorado en Georgia pasa con facilidad del amor al odio o la desconfianza. Los georgianos son un pueblo apasionado, y no admiten posturas ambiguas.

Poder nacido de la tragedia

Sin embargo, aquel 9 de abril de 1991 el presidente Gamsajurdia cantó victoria. De hecho, fue el “autor” de la independencia georgiana a la que estuvo conduciendo su país durante dos años exactos.

Tanta exactitud en las fechas de debe a que fue también un 9 de abril, pero de 1989, cuando la separación de Georgia de la Unión Soviética se hizo inminente. Ese día Gamsajurdia y sus allegados provocaron el Ejército Soviético a aplastar la manifestación en la capital georgiana, Tbilisi, con el resultado de 16 muertos en el lugar y tres personas más fallecidas en los hospitales a causa de las heridas.

Estos sucesos, bautizados la “Tragedia del 9 de abril”, se suelen clasificar como un “crimen sangriento” del poder soviético. Para ello hay ciertos motivos ya que hubo víctimas entre civiles. Sin embargo, hay que precisar algunos detalles.

Lo más importante: las muertes no fueron resultado de fuego abierto por el ejército o de golpes de palas de zapador (de estas palas se habló mucho entonces) asestados por los soldados.

La gente falleció aplastada por multitud que fue expulsada, eso sí, de manera muy dura, de la plaza delante del Palacio del Gobierno.

No se puede decir que se reprimió una manifestación pacífica, porque muchos de ellos opusieron resistencia arrojaron objetos e intentando apoderarse de los vehículos blindados.

 Corría el año 1989 y los militares soviéticos, hablando sinceramente, no estaban acostumbrados a que les dieran ese tipo de trato. Esto, naturalmente, no justifica sus acciones violentas pero explica su reacción.

Además, la manifestación había sido convocada cinco días antes, y el 4 de abril, fue declarada “permanente”. A pesar de que la gente estaba ya muy cansada y con ganas de abandonar la plaza sus líderes, encabezados por Gamsajurdia, intentaron por cualquier medio retenerla.

Era necesario un enfrentamiento sangriento para allanar el camino hacia la independencia y el poder. Y, finalmente, así ocurrió.

Otro detalle importante es que el motivo de la manifestación fue protestar por la celebración de la denominada “Asamblea de Lijní” realizada  unos cuantos días antes, cuando varios miles de abjasos se reunieron en el pueblo de Lijní para pedir la secesión de Georgia y restaurar para Abjasia el estatuto de  republicano de Abjasia.

Es decir, las protestas de Tbilisi inicialmente tenían el carácter nacionalista al que el equipo de Gamsajurdia supo añadir  consignas antisoviéticas. El programa del futuro primer presidente de la república se sostenía sobre dos pilares: “Georgia para los georgianos” y “Abajo el poder soviético”.

De disidente a caudillo

El padre de la soberanía de Georgia, Zviad Gamsajurdia, era un personaje  muy original. Por una parte, un típico intelectual disidente, hijo del célebre escritor y escritor él mismo, doctor en filología e investigador del Instituto de la Lengua Georgiana. Por otra, un radical nacionalista que encabezando a varios miles de gamberros armados organizaba ataques contra las minorías étnicas de Georgia, como los osetas y los ávaros.

Al llegar al poder Gamsajurdia se convirtió en un líder de corte fascista. Tras ser elegido presidente del Soviet Supremo anunció a la fracción comunista fuera de ley y la expulsó del parlamento.

De la misma manera actuaba en 1933 un tristemente célebre führer de Reichstag. Aunque éste no era filólogo.

En Georgia, en general, las personalidades pintorescas en el poder es una cosa normal y corriente. ¿En qué otro país pudo existir una figura descrita en las enciclopedias como “un político georgiano, militar y criminal, asaltante de bancos”? Se trata del famoso Dzhaba Ioseliani, por cierto, doctor en Artes, autor de monografías científicas, novelas y obras de teatro, catedrático de la Academia Teatral. ¡Una mezcla asombrosa!

Es curioso que Ioseliani estuviera en la cárcel primero en la época soviética, luego en la de Gamsajurdia y, por fin, en la de Shevardnadze a quien ayudó a llegar al poder.

El imperio grande y pequeño

Pero regresemos al año 1991. Cuando el Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética decretó la convocatoria para el 17 de marzo del referendo general sobre la conservación de la URSS el Soviet Supremo de Georgia presidido por Gamsajurdia se negó a organizarlo en la República.

En cambió convocó su propio referendo georgiano. En éste último se negaron a tomar parte, a su vez, dos regiones autónomas dentro de la República Socialista Soviética de Georgia, Abjasia y Osetia del Sur.

La autonomía de ésta última, por cierto, había sido suprimida ya en noviembre de 1989 por el Soviet Supremo de Georgia. No por eso la república no reconocida dejó de existir casi en todo el territorio de la antigua región autónoma de Osetia del Sur, con las posiciones más fuertes en el centro administrativo, la ciudad de Tsjinvali.

De esta manera, junto con Abjasia, deterioraba la unidad de Georgia donde se repetía, en miniatura, la situación del “Imperio soviético”.

Y el responsable de ello fue, sin duda, Gamsajurdia que aplicaba una política nacional rígida e incluso aplastante.

Y es que el primer presidente georgiano desconocía otro tipo de política. No hacía más que prohibir los partidos, cerrar los periódicos, someter a su control personal a los dirigentes de las administraciones provinciales. Encima  inició una larga y sangrienta guerra con las dos regiones autónomas. Estos fueron todos sus logros. Así que para finales de 1991 su pueblo estaba harto de él y tuvo que derrocarlo, lo que costó muchos esfuerzos y originó disturbios, sobre todo, en Georgia occidental, patria de los antepasados de Gamsajurdia, donde el presidente caído en desgracia desató una guerra civil contra el gobierno de Tbilisi.

Las convulsiones que sacudían a Georgia terminaron sólo el 31 de diciembre de 1993 cuando Gamsajurdia fue asesinado o se suicidó. Las circunstancias de su muerte no han sido aclaradas hasta el día de hoy.

Así fue el amanecer de la independencia de Georgia de la que el famoso director georgiano de cine y teatro Guiga Lordkipanidze dijo: “No podría decir hasta que punto estamos independientes ya que dependemos en muchas cosas de las grandes potencias, sus deseos y pretensiones, justas y no, con respecto a nuestro país”. Los artistas, a veces, emiten juicios mucho más acertados sobre la realidad que los políticos frecuentemente propensos a la demagogia.

Sputnik Mundo

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