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La joven puso frente a su casa una manta con la leyenda “Perdóname”, le pidió que hablaran, que la escuchara, cantó “Querida”, bailó, le gritó que lo amaba, le regaló un gusanito.

Dijo que “no se daría por vencida” y se vistió de domingo.

Ramón miró desde su balcón, pero no se interesó en continuar con la relación a pesar de los esfuerzos de ella.

Le preguntó si no le daba pena con los vecinos. Ella dijo que no. Se comprometió a conquistar incluso a la suegra. Pero no lo conmovió. En cambio, sonaron palabras de enojo.

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