manuscritos

La colección de más de 25 mil fragmentos de manuscritos antiguos conocidos como los Manuscritos del Mar Muerto incluye, entre otros textos, las copias más antiguas de libros de la Biblia hebrea. Pero encontrar una manera de unirlos todos para comprender su significado ha seguido siendo un rompecabezas increíblemente difícil, especialmente dado que la mayoría de las piezas no se recogieron de manera ordenada.

Ahora, los investigadores informan en la revista ‘Cell’ que han usado una pista intrigante para ayudar en este esfuerzo: ‘huellas dactilares’ de ADN recogidas de las pieles de los animales en las que se escribieron los textos.

“Los Rollos del Mar Muerto de 2 mil años de antigüedad son uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes jamás realizados”, resalta Oded Rechavi, de la Universidad de Tel Aviv, en Israel.

“Sin embargo, plantea dos desafíos principales: primero, la mayoría de ellos no se encontraron intactos, sino que se desintegraron en miles de fragmentos, que tuvieron que clasificarse y reconstruirse, sin conocimiento previo de cuántas piezas se perdieron para siempre o, en el caso de las composiciones no bíblicas, cómo debería leerse el texto original –explica–. Dependiendo de la clasificación de cada fragmento, la interpretación de cualquier texto dado podría cambiar drásticamente”.

El segundo desafío es que la mayoría de los pergaminos se adquirieron no directamente de once cuevas de Qumran cerca del Mar Muerto, sino a través de traficantes de antigüedades. Como resultado, no está claro de dónde provienen muchos de los fragmentos, lo que hace que sea mucho más difícil reunirlos y en su contexto histórico adecuado.

Desde su descubrimiento, principalmente a fines de la década de 1940 y 1950, los académicos trataron de armarlos como un rompecabezas, basándose principalmente en las propiedades visibles de los fragmentos para conocer su relación con otros fragmentos.

En el nuevo estudio, Rechavi y sus colegas, incluidos Noam Mizrahi, de la Universidad de Tel Aviv, y Mattias Jakobsson, de la Universidad de Uppsala, en Suecia, decidieron buscar pistas más profundas. De cada pieza, extrajeron el ADN antiguo de los animales que se usaron para hacer los pergaminos. Luego, utilizando un análisis forense, trabajaron para establecer la relación entre las piezas basándose en esa evidencia de ADN y en el escrutinio del lenguaje dentro de los textos bajo investigación.

Las secuencias de ADN revelaron que los pergaminos estaban hechos principalmente de ovejas, lo que no se conocía. Luego, los investigadores razonaron que las piezas hechas de la piel de la misma oveja deben estar relacionadas, y que los rollos de ovejas estrechamente relacionadas tenían más probabilidades de encajar entre sí que los de ovejas más diferentes u otras especies.

Los investigadores se toparon con un caso interesante en el que dos piezas que se creía que estaban juntas estaban hechas de diferentes animales: ovejas y vacas. El ejemplo más notable provino de pergaminos que comprenden diferentes copias del libro bíblico y profético de Jeremías, que también son algunos de los pergaminos más antiguos conocidos.

La Jornada