Plutarco Elías Calles funda el Partido Nacional Revolucionario

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Mediante la creación del Partido Nacional Revolucionario, en 1929, Plutarco Elías Calles, presidente de México entre 1924 y 1928, buscó consolidar el fin del caudillismo y crear las condiciones de una democracia con competencia de partidos. La movilidad ascendente de una nueva clase política “revolucionaria” bloqueó este esfuerzo e intentó a su vez hacer de Calles un “hombre fuerte”, aunque sin mayores resultados, salvo entre 1930 y 1932.

La fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) en México tuvo lugar en 1929. Este partido suele ser considerado como el antecedente del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI), aunque este último fue creado varios años más tarde y con características distintas de la organización que surgiera en 1929. No es que el PRI no haya heredado muchas de las intenciones del PNR, pero este se transformó en un partido corporativo bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas (cuando se convirtió en 1938 en Partido de la Revolución Mexicana, PRM) y utilizó luego esta corporativización para beneficio de objetivos distintos a los del PNR en 1929 (el PRI como tal surgió a su vez en 1946). En la medida en que el PNR se creó por iniciativa de Plutarco Elías Calles, presidente de México entre 1924 y 1928, no es posible atribuirle las funciones del PRM ni las del PRI. Las circunstancias de fuerte crisis económica, social y política en las cuales apareció el PNR difieren de las circunstancias más estables en las cuales surgieron el PRM y el PRI.

En este texto precisaremos estas circunstancias de creación del PNR y el papel de Calles, ya que hasta la actualidad los textos más socorridos en México sobre la historia del periodo no suelen considerar ni el texto íntegro del último informe de Calles, el 1º de septiembre de 1928, ni los distintos testimonios que relativizan la creencia de que un “jefe máximo” -el mismo sonorense, quien en realidad era bastante impopular- pudo imponer su voluntad de 1929 a 1935, cerca de seis años. Los testimonios recogidos aquí sugieren algo distinto. Por lo demás, consideramos que la “voz popular” -que en México no tenía particular aprecio por Calles- no puede ser el punto de partida para hacer la historia del periodo, sobre todo cuando en éste estaban desatadas todavía las más diversas ambiciones personales. Estas mismas solían permitir esa “voz popular” escudada en el anonimato. Así, el periodo que en México va de 1928 a 1934 aún sigue siendo leído de manera distorsionada y con poca compresión sobre lo que significó de anulación de la autoridad de Calles, así se lo adulara y se lo convirtiera en “Jefe Máximo”.

En vísperas de la fundación del PNR, México salía de varias convulsiones, la más reciente de ellas por el asesinato del candidato presidencial Alvaro Obregón en 1928. Este asesinato le costó mayor impopularidad a Calles, visto por muchos -obregonistas incluidos- como la probable mano detrás del crimen, directa o indirectamente, en particular a través de Luis N. Morones -para ese entonces Secretario de Industria, Comercio y Trabajo- y su Grupo Acción. “Los días que siguieron a la consumación del crimen, escribió Emilio Portes Gil, no fueron menos aciagos. El Presidente se hallaba debilitado, su autoridad estaba casi extinguida y fuera de unos cuantos de sus amigos y colaboradores más cercanos, casi no lo visitaba nadie. La casa que habitaba en la Colonia Anzures se encontraba desierta (…)” [1]En desgracia y ante la sospecha, a Calles lo habían dejado solo. A petición de Portes Gil y otros políticos (Luis L. León y Marte R. Gómez, en particular), Calles aceptó de todos modos las renuncias de Morones y otros líderes laboristas y luego la de Roberto Cruz, Jefe de Policía del Distrito Federal. Por lo demás, Portes Gil ha dejado constancia de que Calles de inmediato manifestó que no pretendía seguir en el cargo presidencial[2]pese a las sospechas de algunos obregonistas. “En efecto, escribe Portes Gil, para nadie de los que (actuaban) en aquella época en la política de México, fue un secreto que algunos de los Secretarios de Estado que colaboraban con el Presidente Calles y a quienes mayor confianza llegó a dispensar, unidos a elementos militares adictos a él, le insinuaron la conveniencia de que, haciendo caso omiso de nuestras leyes constitucionales, se prorrogara el mandato presidencial, dizque para evitar al país una agitación innecesaria, lo que habría equivalido al desconocimiento de la Constitución General y a la instauración de la dictadura (…) tales insinuaciones (…) fueron rechazadas enérgicamente por el Jefe del Ejecutivo”[3] . “Recuerdo, escribe asimismo Portes Gil, que cuando el señor ingeniero Luis L. León y yo le hicimos ver nuestra alarma por las actividades que ya tomaban cuerpo, recibimos de parte del general Calles la agradable contestación de que, en efecto, algunas de las gentes que estaban cerca de él en el Gabinete trataban de inducirlo a cometer tal desacato, pero que ya les había ordenado se abstuvieran de tratar este asunto, pues él no se prestaría a un golpe de estado, ya que no era otra cosa lo que se le aconsejaba”[4] Parece bastante obvio que de haberlo querido Calles habría aprovechado la ocasión -más si él había contribuido a crearla, como se rumoreaba- para perpetuarse en el poder. Sin embargo, el sonorense parece haber tenido sentido del límite.

Luego del asesinato de Obregón, el acto más importante de Calles -y de gran alcance- fue el de convocar a los principales jefes militares del país para convencerlos de no volver a ambicionar el poder. Esta convocatoria tuvo lugar en julio de 1928 y buscó obtener de esos jefes militares el compromiso de no dividirse ni de aspirar a la presidencia. Después de una nueva reunión el 5 de septiembre de 1928, Calles quiso que ningún militar postulase a ninguna de las presidencias: ni a la interina, ni a la constitucional.

De acuerdo con el informe del 1º de septiembre de 1928, Calles parece haber visto en Obregón a un “caudillo”, popular sin duda, pero de todos modos “caudillo”, “hombre fuerte” si se quiere. Obregón era ante todo militar, estratega victorioso del Ejército Constitucionalista, vencedor de Francisco Villa en la batalla de Celaya y tal vez menos “político” que hombre de armas. Calles nunca destacó militarmente, pero en cambio sí lo hizo en la política, desde que ocupara un cargo de importancia en el gabinete de Venustiano Carranza y fuera asimismo gobernador de Sonora. Durante la presidencia de Obregón (1924-1928), Calles también ocupó un cargo importante y clave para el manejo político del país.

El asesinato de Obregón no era el único problema. El país salía apenas de la guerra cristera, la mal llamada “Cristiada”, al final de la cual – y sobre todo gracias a la mediación del presidente interino Emilio Portes Gil (sucesor de Calles)- se pudo pacificar las regiones en disputa y al mismo tiempo restarle a la Iglesia el poder que quería mantener, como lo había mantenido desde la época colonial, con la excepción del periodo juarista.

Por otra parte, Calles se encargó en 1929 de la última rebelión militar de importancia (con la excepción del cedillismo potosino), la rebelión escobarista que tuvo como epicentro el Plan de Hermosillo. Así, al momento de la fundación del PNR, la Iglesia y el Ejército prácticamente salían ya de la escena política mexicana, hecho excepcional por contraste con el resto de América Latina, y que contribuyó a la estabilidad política de México por décadas. Con la rebelión escobarista se depuró el ejército. De hecho, al frente de esta rebelión sin mayor programa estaban militares descontentos con Calles tal vez en parte por haber sido desplazados del poder, aunque hubiera excepciones (encabezaron la rebelión Gilberto Valenzuela, Francisco R. Manzo, Roberto Cruz, Ricardo Topete, Aurelio Manrique, Fausto Topete, Alejo Bay, Ramón Iturbe, Román Yocupicio y Claudio Fox; cabe hacer notar que Cruz y Fox habían tenido papeles turbios en los últimos tiempos del obregonismo). Aunque debió combatir a los rebeldes el general Joaquín Amaro, un accidente se lo impidió y Portes Gil nombró como Secretario de Guerra y Marina – -el tiempo de aplastar al escobarismo – a Plutarco Elías Calles, quien expresó al final de la contienda que México seguramente se adentraba en una etapa de mayor tranquilidad. Calles había constatado en que solían consistir las ambiciones de muchos jefes militares (fue de hecho el caso conocido de muchos escobaristas): “(…) quiero insistir sobre este punto, declaró el sonorense, señalando la dolorosa injusticia, inevitable, de que sean los oficiales y en general todos los jefes subalternos, los que sufran constantemente las consecuencias de la deslealtad de sus malos jefes, quienes, cuando se lanzan a la rebelión, tienen ya de antemano, casi siempre, resuelto el problema de su retirada y de la salvación de sus vidas y fortunas, en tanto que entregan sin el menor sentimiento de pundonor o de hombría, a los jefes subalternos y a la oficialidad, o a la muerte, o a una vida de deshonor, de obscuridad y de miseria, con lo que pagan fatalmente el error de haber aplicado, para norma de su conducta en los movimientos rebeldes, las reglas precisas de disciplina y de obediencia (…)”[5] , reglas que según Calles fueron puestas ahí para el Estado y no para “satisfacción de ambiciones personales” [6]

De igual modo, la crisis económica no tardaría en golpear a México -como consecuencia de la Gran Depresión de 1929-: si este fenómeno se hizo sentir con fuerza durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio y en particular en los años 1931 y 1932, para 1933-1934 (cuando llegó finalmente Cárdenas al gobierno) ya había quedado en gran parte atrás y la recuperación parecía iniciarse. Al mismo tiempo, el presidente Calles había tenido que vérselas algunos años antes con una amenaza de intervención estadounidense muy pocas veces mencionada, que tuvo como pretexto el petróleo, cuando en enero de 1927 venció el plazo para que las empresas extranjeras se registraran y obtuvieran concesiones confirmatorias de acuerdo con la ley [7]Estados Unidos pensó en intervenir y sólo una hábil maniobra mexicana de espionaje desbarató el plan en ciernes. Sucede simplemente que en esta materia, como en materia religiosa y militar, Calles había buscado hacer valer la ley, topándose con los “usos y costumbres”, en este caso de empresas del exterior que estaban acostumbradas a hacerse de la vista gorda ante los ordenamientos mexicanos.

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